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08 | 09 | 2010
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    UNA MIRADA A LA HISTORIA DEL PROGRESISMO DEL P. D. C. PDF Imprimir E-mail
    Documentos - Análisis

    (la historia y la actualidad del P. D. C. desde la perspectiva de su sector progresista)

    Autores: Waldo Chacón y Juan Miguel Jara

    Introducción

    El presente documento constituye un aporte a la nueva etapa que estamos iniciando en la evolución del sector progresista de la Democracia Cristiana Chilena. Dentro de ese camino que – creemos – nos llevará a ser una mayoría en nuestro Partido y en nuestro País.

    Para ser realistas, no es un secreto la posición de relativa minoría electoral que ha ocupado esta corriente al interior del PDC chileno en las últimas décadas, a pesar de que en numerosas ocasiones hemos tenido éxitos y un protagonismo importante en determinadas tareas emprendidas, como en la lucha social y política contra la Dictadura Militar o como el protagonismo permanente que han tenido camaradas progresistas del PDC en las acciones sindicales.

    Volviendo a una imagen que ya ocupamos, queremos señalar que la última Directiva Nacional de la corriente progresista del PDC cayó en el mes de mayo del año 1973, cuando nuestro camarada Renán Fuentealba presentó su renuncia a la Presidencia del Partido junto a toda su Mesa Nacional. Luego, hemos tenido participación en Mesas Nacionales y en el Consejo Nacional, pero, no hemos logrado darle al PDC una conducción de tinte progresista, lo que si han conseguido nuestros camaradas de ideas más “centristas” o “humanistas cristianas moderadas”. Entonces, existen tres generaciones de chilenas y chilenos que no han conocido de nuestros aportes en la conducción del Partido y del país, salvo por las situaciones aisladas que ya mencionamos.

    Breve descripción de la historia de la Falange Nacional y del PDC, desde la perspectiva del progresismo humanista cristiano.

    ¿Qué es el progresismo de la Democracia Cristiana Chilena?

    El progresismo es una corriente política interna de la Democracia Cristiana Chilena que, bajo distintas formas ha estado presente desde el momento de la formación del Partido, y que se remonta a los tiempos de la Falange Nacional.

    Siendo algo generalizadores, podemos señalar que esta corriente (o corrientes) ha intentado, desde una perspectiva de interpretación más o menos radical de la Doctrina Social de la Iglesia Católica, una crítica moral muy fuerte de las estructuras de poder y privilegios de la sociedad chilena.

    El progresismo del PDC siempre ha planteado que existe en el mundo popular (entendiéndolo como sociedad plural, a diferencia de la visión de “clase social” que sostienen los partidos marxistas) una capacidad de generar solidaridad y formas de convivencia más acordes con lo que representan los valores cristianos. Se comparte una visión de mundo que valora lo “popular” por sobre lo “elitista”, y lo “humano” por sobre lo “económico”. Por cierto, se debe reconocer que en todo demócrata cristiano – y aún más en todo humanista cristiano – existe una comunidad de ideas al respecto, pero, el énfasis en estas materias y la radicalidad con que se aplican estos criterios para visualizar la realidad caracterizan al llamado sector progresista del PDC.

    El progresismo fue la vocación natural de la Falange Nacional

    Haciendo algunas pinceladas de historia, debemos recordar que entre los fundadores del movimiento de la Falange Nacional esta visión progresista y cercana al mundo popular, así como crítica de la economía capitalista, tuvo una influencia enorme, y predominó claramente en las dos décadas de vida de aquella formación política. Estas tesis se manifestaron en una opción claramente preferencial por defender decisiones políticas que beneficiaran a los sectores medios y populares del país, y habitualmente contradiciendo las posturas de los partidos de la Derecha, esto es, el Partido Conservador y el Partido Liberal.

    No se puede dejar de mencionar en este punto del texto los nombres de algunos de los grandes hombres de la Falange Nacional, como ser los de Bernardo Leighton, Eduardo Frei Montalva, Radomiro Tomic, Manuel Antonio Garretón, Ignacio Palma, Tomás Reyes, Ricardo Boizard, por citar sólo a algunos.

    Esta fe en el cambio social y democrático – amén de democratizador – de la Falange Nacional se manifestó en iniciativas tales como las siguientes:

    • El apoyo y lucha por la instauración del sistema de Cédula Única para las elecciones presidenciales, parlamentarias y municipales (terminando con el cohecho electoral y la llamada “compra de votos”).
    • El rechazo unánime de los falangistas a la “Ley de Defensa Permanente de la Democracia” (la famosa “Ley Maldita”) propuesta por el Presidente Gabriel González Videla y que significó la persecución, la prisión y el destierro de los militantes y de muchos simpatizantes del Partido Comunista.
    • En cuanto a las opciones electorales de la Falange Nacional, consistentemente encontramos que se opta por respaldar a candidatos de la “centro–izquierda” de la época.
    • Los falangistas se insertaron desde sus comienzos en el mundo sindical y en la realidad del mundo rural.
    • En sus acciones encontramos una profunda consecuencia, como se constata en los sucesos ocurridos en el mes de enero de 1946, cuando se produce la muerte de la joven militante comunista Ramona Parra en la Plaza Bulnes de Santiago, durante una manifestación de apoyo a la huelga de los mineros del carbón. Conmocionado por estos hechos, Eduardo Frei Montalva presenta su renuncia al cargo de Ministro de Vías y Obras Públicas, por no estar de acuerdo con la política represiva del Gobierno y por el atropello a los derechos humanos. Esta decisión fue ampliamente apoyada por la Falange Nacional.

    En conclusión, se puede afirmar que la Falange Nacional fue un Partido de clara vocación humanista cristiana y progresista, que sostuvo con fuerza y dignidad su defensa de los intereses de los más desposeídos, aún debiendo soportar décadas de resultados electorales que difícilmente alcanzaban el 5% de los sufragios.

    La confluencia de humanistas cristianos y centristas origina el exitoso PDC chileno

    El día 12 de octubre de 1957 nace a la vida el Partido Demócrata Cristiano, fruto de largos años de acercamiento entre la Falange Nacional y otros sectores políticos cercanos.

    Con la fundación del Partido Demócrata Cristiano y la integración de un muy mayoritario número de militantes que no tenían una formación falangista, surgen a la vida lo que podemos llamar “los sectores progresistas del PDC” (en los que se identifica a la gran mayoría de los antiguos falangistas).

    Este nuevo posicionamiento interno partidario, se debe principalmente a las ideas “humanistas cristianas moderadas”, que sustentaban los antiguos militantes del Partido Conservador Social Cristiano; y a las posiciones “centristas” de quienes habían militado en el Partido Democrático Nacional o en el Partido Agrario Laborista.

    No es menor señalar que, estimativamente, a lo menos un ochenta por ciento de los militantes fundadores del Partido Demócrata Cristiano no eran miembros de la Falange Nacional y sustentaban diversos pensamientos ideológicos, y que, sin embargo, se unieron en torno a un discurso falangista, bajo el liderazgo de Eduardo Frei Montalva y otros antiguos miembros de la Falange Nacional, pero, no necesariamente estos nuevos camaradas se volvieron “humanistas cristianos y progresistas” como por arte de magia.

    El resultado de la creación de esta gran Democracia Cristiana fue un rápido crecimiento electoral que llevó al Partido a convertirse en la primera fuerza político electoral de Chile, y luego, llevó a Frei a la Presidencia de la República acompañado de cientos y miles de sus camaradas.

    En el Gobierno de Eduardo Frei Montalva se adoptaron múltiples políticas de un tinte claramente progresista, como en los siguientes casos:

    • La Chilenización del Cobre, que permitió al Estado de Chile adquirir el 51% de los yacimientos de la Gran Minería del Cobre.
    • El programa de Reforma Agraria, que terminó con las penurias de miles de familias del campesinado. Fue una Reforma Agraria seria, en la cual se entregaban tierras y asesoría en materias económicas y agroindustriales a los nuevos dueños.
    • La Sindicalización Campesina, que hizo nacer cientos de sindicatos de trabajadores agrícolas.
    • La Promoción Popular, que fomentó el nacimiento de cientos y miles de organizaciones sociales como las Juntas de Vecinos y los Centro de Madres.
    • La Reforma Educacional, que en estas dos últimas décadas ha dado sus frutos con los miles de niños y niñas que accedieron a estudios básicos y medios.
    • Los cambios en la Legislación Laboral que favorecieron a los trabajadores.
    • El otorgamiento del derecho a voto a los mayores de 18 años y a los analfabetos.

    Los desmembramientos que afectaron al PDC chileno y el temor al quiebre

    Las preocupaciones y responsabilidades del gobierno de Eduardo Frei Montalva, se vieron acompañadas de fuertes debates ideológicos al interior del PDC.

    Así es como, una vez concluida la formación del gran Partido Demócrata Cristiano de masas, y convocados miles de jóvenes, estudiantes, empleados, profesionales, obreros y campesinos, se producen difíciles procesos partidarios.

    En lo particular, se van delineando nuevos sectores que, a partir de ideario cristiano acogen categorías marxistas de análisis de la realidad – iluminados por la influencia de la evolución ideológica y política que se da en Latinoamérica y en el Mundo en esos años –, y que culminan en la deriva ideológica de miles de militantes, especialmente jóvenes, que abandonan la Democracia Cristiana y se integran al proceso de creación del proyecto de la Unidad Popular, dando origen al Partido MAPU (Movimiento de Acción Popular y Unitario).

    Más tarde, en el año 1971 se produce un nuevo fraccionamiento que da vida a la Izquierda Cristiana, fruto de elementos del PDC y algunos desencantados del MAPU. Estos hechos provocaron en la base militante del Partido un gran trauma que afectó particularmente las relaciones entre el PDC y la Juventud Demócrata Cristiana por varias décadas.

    El desplazamiento del PDC hacia el centrismo: la militancia DC se aleja del progresismo en la confrontación con la Unidad Popular

    El grave quiebre que sufrió la Democracia Cristiana en 1969, unido a la fuerte oposición de los partidos de izquierda al Gobierno de Eduardo Frei Montalva, impidieron que el candidato presidencial del PDC – Radomiro Tomic Romero – lograra la unidad de las fuerzas progresistas de centro e izquierda en una sola candidatura presidencial. En consecuencia, el PDC enfrentó en solitario la elección presidencial de 1970 y obtuvo un tercer lugar con un porcentaje de votos cercano al 30%.

    Ante la necesidad de que el Congreso Pleno opte entre la primera mayoría relativa de don Salvador Allende y su coalición Unidad Popular, y la segunda mayoría relativa obtenida por el Ex - Presidente don Jorge Alessandri Rodríguez; el PDC decide respetar la mayoría relativa de Allende siguiendo así la tradición democrática de Chile. En todo caso, el Partido Demócrata Cristiano exigió al nuevo gobernante el compromiso de aprobar el llamado “Estatuto de Garantías Constitucionales”, que era básicamente un Proyecto de Reforma de la Constitución Política destinado a proteger los derechos esenciales de las personas.

    La mala gestión del Presidente Allende y los excesos de sus partidarios de la Unidad Popular, llevaron rápidamente a la Democracia Cristiana a asumir una postura crítica frente al Gobierno, sin embargo, el PDC continuó colaborando en aquellos temas que beneficiaban a todos los chilenos, como en el caso de la “Nacionalización del Cobre”.

    Gran parte de los dirigentes sindicales, poblacionales y estudiantiles del PDC se vieron enfrentados en el día a día con los adherentes de la Unidad Popular, y exigieron una postura más opositora respecto del Gobierno de Allende, lo que provocó lentamente un acercamiento del PDC con el Partido Nacional, que se llegó a expresar incluso en la conformación de la alianza electoral denominada “CODE”.

    Dentro de ese proceso de polarización y radicalización que afecto a todo el País, los sectores progresistas del PDC se fueron quedando sin respuestas a sus llamados a la calma y a la construcción de un referente por el cambio social en democracia, convocando al PDC y a los líderes moderados de la Unidad Popular. No se escuchó el llamado a la moderación en las conductas y al compromiso con el cambio social, produciéndose inclusive la caída de la Mesa Nacional del Partido conducida por Renán Fuentealba, en el mes de mayo de 1973. Luego vino el último intento de diálogo convocado por el Cardenal Silva Henríquez y el Golpe de Estado que nos sumió en una Dictadura Militar de diecisiete años de duración.

    Cabe recordar que a dos días del Golpe Militar, o sea, el 13 de septiembre de 1973, un grupo de dirigentes democratacristianos declaró su rechazo a dicho atentado contra el sistema democrático. Creemos que éste es el punto de partida de la reciente, hermosa y difícil historia del progresismo del PDC. Los nombres de esos camaradas son los siguientes: Bernardo Leighton, Ignacio Palma, Renán Fuentealba, Radomiro Tomic, Fernando Sanhueza, Sergio Saavedra, Claudio Huele, Andrés Aylwin, Mariano Ruiz-Esquide, Baldemar Carrasco, Jorge Cash, Jorge Donoso, Belisario Velasco, Ignacio Balbontín, Florencio Ceballos y Marino Penna. Vaya para ellos nuestros más sinceros agradecimientos por darnos argumentos de fe democrática y consecuencia en los difíciles años de la Represión.

    El peso de la reflexión intelectual y técnica democratacristiana pasa del mundo progresista a manos de nuestros camaradas más centristas, y paralelamente perdemos el liderazgo interno

    En estos convulsionados tiempos, el peso de la elaboración intelectual y programática demócrata cristiana recayó en los sectores más centristas o menos radicales, como los que actuaban en los sesentas y setentas en el Instituto de Estudios Políticos (IDEP), o en los ochentas en CIEPLAN. Escuchamos con fuerza voces que sostenían las ventajas de un modelo económico “moderadamente” liberal, se oyeron tesis que respaldaban “en principio” las privatizaciones masivas de empresas públicas que implementó el Régimen Militar, y tantos otros argumentos que diferían solamente en grado de los planteados por los economistas y burócratas de la Dictadura..

    Conjuntamente con lo anterior, el eje de alianzas y liderazgos del PDC se desplazó hacia los sectores más centristas o conservadores social cristianos, relegando a una posición de fuerza electoral minoritaria a la otrora mayoría de ideas “humanistas, cristianas y progresistas”. De hecho, desde mayo de 1973 a la fecha, las Mesas Nacionales del PDC han respondido, en mayor o menor medida, a esta dinámica “centrista” o “humanista cristiana moderada”.

    El progresismo del PDC sale a las calles en los ochentas

    Sin lugar a dudas, la última parte de los años setentas y la década de los ochentas fue el escenario que permitió mayor visibilidad pública a la corriente y a los demócrata cristianos identificados con el progresismo, pues la Lucha Antidictatorial permitió que cientos de liceos y la casi totalidad de las federaciones universitarias, así como cientos de sindicatos y gremios profesionales, junto a organizaciones poblacionales, vieran multiplicarse a cientos y miles de “progresistas humanistas cristianos” que colaboraron junto al resto de los camaradas y otros chilenos en la “reconstrucción del tejido social” del País destruido por la Dictadura, e implementaron las políticas de la llamada Movilización Social”.

    Surgieron iniciativas en el mundo de los trabajadores como la Coordinadora Nacional Sindical donde se destacó especialmente Manuel Bustos, se destacaron hermosas labores como la realizada por el camarada Jaime Castillo Velasco en la conducción de la Comisión Chilena de Derechos Humanos, el renacer del Movimiento Estudiantil donde les correspondió liderar a jóvenes como Yerko Ljubetic, Humberto Burotto, Tomás Jocelyn-Holt, Sergio Micco, Andrés Lastra, Germán Quintana, Andrés Rengifo, “Pete” Cisternas, Patricio Zapata, Alex Figueroa y tantos otros.

    Estos esfuerzos de movilización social pacífica y demócratica se tradujeron en una serie de Protestas Nacionales contra la Dictadura, en la creación de referentes unitarios como el Grupo de Estudios Constitucionales, el Acuerdo Democrático, la Alianza Democrática, la Asamblea de la Civilidad, etc.

    En este punto debemos hacer mención del testimonio y el compromiso de nuestro camarada Mario Martínez Rodríguez, dirigente de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Santiago – FEUSACH (Ex – UTE), quien fuera asesinado en 1986 por los agentes del Gobierno Militar.

    Los últimos hitos de la tesis de la “Movilización Social” se fueron terminando en 1986, cuando el camarada Ricardo Hormazábal Sánchez – quien defendía esa postura – perdió su candidatura a la Presidencia del PDC frente a Patricio Aylwin Azócar, quien sostenía la idea de una “Salida político – electoral a la Democracia”, que no era otra cosa que el sometimiento a las Leyes Políticas y plazos establecidos por la Dictadura, para, desde dentro del sistema, llegar a la Democracia.

    …Y, con unidad amplia de los sectores democráticos (punto para los progresistas del PDC), logramos triunfar, el día 5 de octubre de 1988, en el Plebiscito de la Dictadura con el NO. Luego, vinieron las negociaciones para la Reforma a la Constitución en 1989, que significaron una serie de concesiones mutuas entre el Régimen de Pinochet y sus opositores representados por la Concertación de Partidos por la Democracia…

    La Democracia de los noventas no requiere movilizaciones ni líderes: quedamos aislados

    …Llegada la Democracia en 1990, otro gallo nos cantaría… Pues, a las normales restricciones de toda transición democrática, el caso chileno se caracterizó por la opción conciente de desmovilizar a los grupos sociales organizados que desestabilizaron a la Dictadura (donde los “progresistas” tenían una sólida presencia y mostraban una fuerte vocación).

    Conjuntamente con lo dicho, se adoptó, por parte del Gobierno del camarada Patricio Aylwin Azócar, una serie de acciones que se dieron en llamar “Política de los Acuerdos”, iluminada por una especie de “Ética de la Responsabilidad”, por las cuales se llamaba a no agudizar los conflictos con quienes respaldaron y sustentaron el Régimen Militar (el empresariado y las Fuerzas Armadas), y a no fomentar las demandas sociales.

    Evidentemente, en estas tareas de “desaceleración” de la realidad social y política del País y en los acercamientos a quienes dirigieron la Dictadura, los líderes y organizadores de las Protestas Nacionales fueron acallados o relegados a puestos de segundo orden.

    El Gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle mantuvo la política de aquietar el mundo social, siguiendo con la relegación a labores decorativas de los antiguos líderes de las Protestas Sociales contra la Dictadura.

    Se debe reconocer que los dos Gobiernos, de Aylwin y de Frei Ruiz-Tagle, permitieron reducir en importante medida los índices de pobreza que tenía el País hacia 1990, así como le dieron una gran estabilidad económica a Chile.

    Sin embargo, nuestro juicio de la realidad nacional de los años noventas, resulta, al menos, parcialmente negativo, puesto que a pesar de los avances de diversa índole que tuvimos en esos años, aún tenemos en Chile una de las peores distribuciones del ingreso del mundo, subsisten altos índices de pobreza – cercanos al 20% de la población –, el consumismo está en su apogeo y los disvalores capitalistas se reproducen en gran parte de nuestras familias; y por su parte, los trabajadores ven debilitarse sus organizaciones sindicales y gremiales. En suma, nos encontramos sumidos en un medio ambiente individualista y capitalista.

    Cabe acotar que el Gobierno de Ricardo Lagos no hizo mucho por cambiar este estado de cosas.

    Los progresistas se disgregan en los conflictos de intereses de los noventas

    A consecuencia de todos los hechos anteriores, en los años noventas la corriente progresista del PDC se expresó como un sentimiento, o más bien como un estado de ánimo, que a veces ha sido muy extendido, comprendiendo a grandes sectores del PDC, más que como una formulación política o doctrinaria.

    En el plano de la interna partidaria, los progresistas del PDC hemos mostrado que, en las coyunturas en que se ha agudizado la lucha por el poder, tenemos menos cohesión, y menos capacidad de imponer nuestras posturas en comparación con nuestros contendores.

    Por otra parte, en los períodos de calma política, hemos caído en la pasividad y en la inercia tendiendo a disgregarnos en la medida que nuestros integrantes desarrollan estrategias individuales para mejorar sus respectivas situaciones laborales, políticas o sencillamente económicas. Eso se ha expresado, en términos de funcionamiento partidario, en la continua formación de grupos que se desprenden del progresismo y que buscan ejercer un rol de liderazgo de todo el sector y terminan, indefectiblemente, reduciendo sus expectativas a la promoción de carreras individuales (parte del Freismo, la G-80, etc.).

    El problema de fondo del militante del progresismo, en el contexto de cosas de los noventas, es que cree en sus premisas y valores, pero, asimismo, cree que no son realizables en el contexto político nacional y mundial.

    Y es así como los progresistas de los noventas, no saben si cambiar sus ideas, optar por la convivencia con una realidad que no comparten y que no pueden modificar, o salir de los marcos de la política partidaria para desarrollar labores en organizaciones sociales promoviendo el “micro-cambio” de la realidad.

    El progresismo del PDC en el mundo del siglo XXI

    Respecto de la realidad actual, si bien el sector tiene una fuerte inspiración cristiana, en parte es víctima del hecho de que la Iglesia Católica, desde fines de los años ochenta, se ha ido alejando en sus planteamientos oficiales de las corrientes más progresistas del pensamiento social cristiano, escogiendo, inclusive en ocasiones, el sendero de los sectores más integristas y conservadores del catolicismo. Por otra parte, en la realidad nacional, lo católico en general, en un país que es probablemente el más institucionalmente capitalista del mundo, ha perdido espacios con mayor rapidez al promedio mundial. En pocos años hemos pasado de ser un país de “tradicionalistas” a ser un país que se asoma “al borde del reventón liberal”.

    Se debe destacar que esta corriente política progresista que se enfrenta a la crisis de lo religioso no ha desarrollado un pensamiento propio respecto de este problema, y en general, cuando critica el surgimiento de una corriente dominante conservadora al interior del mundo católico recurre a los argumentos de la izquierda laica, sin tener la capacidad de elaborar un discurso común propio.

    En el plano del mundo más íntimo de las personas, cabe acotar que crecientemente se está generando una brecha entre los estilos consumistas de vida de muchas de las personas que se identifican con el progresismo del PDC y las ideas que formulan (este fenómeno ya ha sido denunciado en el mundo de la izquierda comunista a través de textos como “El consumo me consume” de Tomás Moulian, y resultaría interesante que se abordará desde una perspectiva humanista cristiana).

    Autores: Waldo Chacón Maccarini y Juan Miguel Jara Cabrera

     
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